El discreto encanto del topo observados

 

 

1.- Las bolsas a la basura.

 

En la provincia de Buenos Aires, recientemente se sancionó una ley que obliga a los comercios a reemplazar las tradicionales bolsas que entregan a sus clientes por otras de material biodegradable (las bolsas actuales tardan 100 años en degradarse).

Al fin una medida a favor de los buenos y basta de esas bolsas de polietileno que te las tiran por la cabeza. Sin ir más lejos el otro día fui a pedir monedas a un almacén de Cuidad de la Paz, -al chino como se dice- y luego de cambiarme el billete de dos pesos el tipo me dio una bolsa, pobre está automatizado.

Hace rato que hago las compras con una bolsa de esas de las viejas, las que utilizaban las señoras cuando tenían que traer pocas cosas ya que cuando la carga era grande recurrían al viejo y nunca bien ponderado changuito.

El gobierno de la ciudad debería imitar esta medida. La verdad es que se está haciendo poco por fomentar una cultura responsable en cuanto a la generación de residuos. En ámbito privado la situación empeora. Salvo un gran supermercado al resto el tema le pasa por el costado. Ni hablar de las grandes gaseosas como Coca Cola que a diferencia de lo que hace en su país de origen acá nos abruma con sus envases no retornables.

Por otro lado o por el mismo: ¿cuándo se va a cumplir con la Ley de Basura Cero en la Ciudad?

 

2.- Inflación y Alcauciles.

 

Como buen topo me gustan mucho los alcauciles. Siempre espero el mes de julio y agosto para empezar a degustar estas maravillas. El precio de la “alcachofa” hace una suerte de tobogán. Como muchos productos estacionales su precio trepa rápidamente por la escalera para llegar a su tope y luego, y muy de a poco, empieza a descender hasta el fin de su temporada. Economía clásica pura.

El problema es que esta vez especulé demasiado y creo que me quedo sin alcauciles. Este año, y gracias a Moreno y a su gobierno, el alcaucil arrancó en Núñez a razón de 5 mangos la unidad. Increíble. Espere y espere, pero el amperímetro no se movía. Los días pasaron y en un acto de arrojo, dado que estamos cerca del cierre de temporada, tuve que partir del barrio para encontrarlos a precios más acordes a mi bolsillo.

Y así me encontré, en una suerte de exilio verde, comprando en Primera Junta 5 alcauciles por 12 pesos; desgraciadamente creo que serán los únicos que deglutiré.

¿Para cuando un subsidio al alcaucil? Solo así los sectores populares podremos disfrutar de este selecto alimento. 

 

 

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